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sábado, 7 de enero de 2012

REVERON Y SUS DUENDES DIABOLICOS

Napoleón Pisani Pardi


    El primero de enero de 1978, publicamos un largo artículo en la revista ELITE, del cual tomaremos partes de su contenido. De esta manera, el blog continúa con la necesaria tarea de divulgar, con el mayor respeto a la verdad histórica, y de manera sencilla, parte de la vida y la obra del gran artista venezolano Armando Reverón.

    Con una exposición titulada La Luz en la obra de Reverón. El Museo de Arte Contemporáneo de Caracas está celebrando la ampliación de sus numerosas actividades. Esta exposición, la cual reúne los tres períodos plásticos del artista: el azul, el blanco y el sepia, en los cuales el pintor manifestó su tan personal manera de expresar el paisaje de nuestro litoral central, es una de las más importantes que se la han organizado al otrora habitante del Castillete de Las Quince Letras.
    Esta nueva etapa del Museo de Arte Contemporáneo ha sido posible gracias a una feliz idea del Dr. Guillermo Antonini, Presidente de CADAFE, el cual se dirigió a la señora Sofía Imber de Rangel, Directora del Museo acabado de mencionar, para pedirle su colaboración en la coordinación de las actividades de esta sala de exposiciones. Este ejemplo se sensatez por parte del Presidente de esta empresa nacional de energía eléctrica, debería ser imitado por algunas instituciones, privadas y oficiales, que tienen sus galerías de arte, con el fin de evitar el deprimente espectáculo de las exhibiciones artísticas, de pésima calidad, que frecuentemente organizan. Estas galerías promiscuas, que en nada contribuyen para la buena difusión de las artes plásticas, sino que, por el contrario, sólo sirven para promover lo peor y lo más cursi que realizan algunas personas que tratan de pasar como artistas. Es una verdadera lástima que estas empresas estén desperdiciando, tiempo y dinero, manteniendo a estas “galerías de arte” que en nada cooperan para incrementar y solidificar la cultura en el país.


    El Instituto Nacional de Hipódromos, el INCE, el Banco Nacional de Descuento, la CANTV y SEARS de Venezuela, para mencionar una pequeña parte de las instituciones particulares y oficiales que poseen sus salas de exposiciones, deberían solicitar la ayuda y el asesoramiento de la Galería de Arte Nacional, del Museo de Bellas Artes o del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, para de esta forma mejorar las programaciones de sus actividades culturales. Y podemos asegurarles que así contribuirán a fortalecer el ambiente del arte y la cultura nacional, y, también, a mejorar sus respectivas imágenes institucionales.
    Armando Reverón, el pintor más auténtico y extraordinario que ha dado la historia de las artes plásticas en Venezuela, y al que actualmente se le rinde homenaje al inaugurar una buena galería con una exposición se sus obras, fue un hombre sobre quien la leyenda ha tejido innumerables historias. Ningún personaje más tentador para fabricarle toda clase de fábulas, que en realidad tienen menos atractivo que su vida real. Pueda que el propio Reverón haya sido el principal propiciador para que se crearan tantas especulaciones en torno a su figura. No es de extrañar que ese constructor de un mundo tan particular y extravagante como el suyo, se hubiera deleitado con el estupor y el asombro que producía en los demás sus excentricidades, sus grandes capacidades histriónicas, y esa delirante y maravillosa escenografía que ocupaba todos los espacios de su casa-taller.
    Frente a los turistas, nacionales y extranjeros, que solían visitar el Castillete, Reverón hacía el papel del pintor salvaje junto con sus monos y su inseparable Juanita. Para él, aquella farsa era una forma de diversión, una manera de burlarse de la mentalidad de aquellos ingenuos buscadores de un Gauguin sudamericano por las playas cercanas a Caracas.
    “Armando Reverón era un genio – así lo dijo el escritor Guillermo Meneses –. Su trabajo hizo avanzar la pintura venezolana hasta los terrenos de la más pura autenticidad. Dentro del grupo de los que junto con él iniciaron la juventud, su paso personal fue de guía y en un gesto llevó hasta el límite máximo la demostración de lo que en verdad es la pintura cuando se la ejerce como trascendental afirmación del hombre”.


    Cuando a Reverón lo fueron a buscar Manuel Cabré y Armando Planchart, para llevarlo al Sanatorio San Jorge, él se despidió de Juanita con estas palabras: “Juanita, este rancho es tuyo, me casé contigo porque quiero que todo esto te quede a ti. Pon el rancho de pies a cabeza, si así lo deseas. No te preocupes por mí. Yo creo que no voy a volver más”. Con estos términos se alejó Reverón de su Juanita y de su fortaleza de Las Quince Letras, en donde el artista logró producir lo mejor de su arte, y producir, también, los diabólicos duendes que poco a poco le fueron robando la razón.
    Un poco antes de finalizar el año setenta y siete, un incendio consumió una parte del Castillete de Macuto, parte de ese mundo mágico que Reverón construyera como una especie de escenografía para ser utilizada en la representación de una obra de teatro sin final. Muchas de esas piezas maravillosas se perdieron en ese accidente desastroso. Puede que hayan sido los mismos diabólicos duendes que le quebraran la razón al solitario de Macuto, y los que también le impidieron a Juanita, muerta hace pocos años, que viera convertido en Museo al Castillete donde ella, junto al pintor, vivieron, se amaron, se compenetraron y crearon un mundo extraordinario y amoldado a sus particularísimas necesidades espirituales.

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