NAPOLEÓN PISANI..,

NAPOLEÓN PISANI.., se encuentra en su estudio y les da a todos los visitantes la más cordial bienvenida...

Adelante amigos, siéntanse como en vuestra casa...

miércoles, 27 de abril de 2011

LOS HIJOS DE HENRY MORGAN

Napoleón Pisani Pardi



    La periodista Norma Rivas Herrera del diario Ultimas Noticias, publicó una pequeña nota en este mismo diario, con fecha 16 de abril del año en curso, donde señalaba la mala restauración de unas casas situadas en el casco histórico de La Pastora: “Desde hace dos años y seis meses, 50 familias que residen en el casco histórico de La Pastora esperan por la restauración de sus viviendas, obra encomendada por el Presidente Hugo Chávez en el 2007 durante su programa dominical”.
    Según esta periodista, uno de los vecinos afectados con la paralización de la obra, el señor Luis Ramírez, declaró que las empresas contratistas hicieron trabajos de mala calidad, además de desaparecer ventanas, puertas, romanillas con cristales, y otros elementos patrimoniales de valor histórico, que no fueron devueltos a las casas y sus propietarios. Esta piratería ha proliferado últimamente por todas partes. Ejemplos abundan, como los trabajos inconclusos en la Escuela Superior de Música, Angel Lamas, una magnifica arquitectura diseñada por Alejandro Chataing, decretada Monumento Histórico Nacional, que ahora está en ruinas.
    Algo parecido sucedió con el edificio de la Biblioteca Simón Rodríguez, que también fue decretado Monumento Histórico Nacional en 1980, que es obra limpia, y sin embargo pintaron parte de su fachada… esta joya de la arquitectura venezolana, realizada por el ingeniero Guillermo Salas en 1938, tiene cuatro pisos en estilo art déco, y en su interior se puede apreciar el hermoso vitral del artista Eduardo Borges Salas, que está roto, y cubre la pared este y parte del techo de la construcción. Actualmente, este edificio presenta muchos daños.
 
Un aspecto del vitral de
Eduardo Borges Salas.
 
Foto de uno de los vitrales
rotos de la Biblioteca
Simón Rodríguez














    Estos hijos de Morgan, le cambiaron el color a la escultura de bronce realizada por Abel Vallmitjana en homenaje al poeta Andrés Eloy Blanco, que está frente a la iglesia Santa Capilla, y, además, no repararon el hueco que presenta la base de esta excelente obra. Y ahora que recién nombramos a Santa Capilla, pues bien, esta arquitectura religiosa fue “restaurada” hace pocos años, y ahora se está desmoronando… Por cierto, aquí hay un cuadro de Arturo Michelena que se titula La Multiplicación de los Panes y los Peces, que desde el año 2002 está envuelto en plástico. Eso le tiene que haber causado daños a esa extraordinaria obra del artista venezolano.

El cuadro de Arturo Michelena, envuelto en
plástico desde el año 2002.

    Las iglesias El Calvario y El Dulce Nombre de Jesús, ambas en Petare, ahora están sufriendo las graves consecuencias originadas por una pésima intervención, hace varios años, de estos personajes con pata de palo y parche en el ojo. En la segunda de estas dos iglesias, hay unas obras del pintor Tito Salas que, desde hace mucho tiempo, necesitan ser intervenidas por verdaderos profesionales de la restauración de obras de arte.
    Por si esto fuera poco, unos cuantos de estos “expertos restauradores”, pintaron de color sepia las esculturas de mármol realizadas por Emilio Gariboldi, que están colocadas en el Arco de la Federación. ¿Quién les dijo a estos hijos de Morgan que las esculturas de mármol se pueden pintar?
    Forman parte de este mismo equipo, quienes mancharon el cuadro La Caridad, de Antonio Herrera Toro, que se encuentra en la iglesia Catedral de Caracas, por no proteger esta obra antes de proceder a pintar las paredes donde se encuentra este patrimonio artístico nacional.
    Pero no todo es malo, y hay que decirlo, pues actualmente se están realizando trabajos de restauración a la edificación del Panteón Nacional, donde hay, o había, filtraciones del agua de la lluvia, que le causaron daños severos a las pinturas de Tito Salas. Tenemos la esperanza de que todos estos trabajos de restauración a este importantísimo Monumento Histórico Nacional, estén siendo realizados por auténticos profesionales en la materia. Que así sea.

Panteón Nacional.


FOTOS ANEXAS


Hueco en la base de la
escultura de Vallmitjana.

Escultura de
Abel Vallmitjana.






 








Escultura de Gariboldi
pintada de color sepia.
 
Detalle de la obra de Tito Salas,
donde se puede apreciar una
parte del deterioro del cuadro.


EL DR. HECTOR ARTILES HUERTA Y ARMANDO REVERON

Napoleón Pisani Pardi



    En el instituto San Jorge, que era privado, y dirigido por el Dr. Báez Finol, el Dr. Artiles Huerta estuvo siempre muy cerca de Armando Reverón.

    En una de las tantas veces en que visité al pintor César Cignoni en su casa de Los Chorros, el Dr. Héctor Artiles Huerta, también asiduo visitante a esa casa, me obsequió su libro titulado Casos Clínicos. En una parte del prólogo de esta publicación, el Dr. Ibáñez Petersen dijo lo siguiente: “…estudia la vida de los pintores venezolanos y sus vicisitudes psíquicas; recalca de manera muy especial la historia clínica de Armando Reverón, ese venezolano que demostró su grandeza enmarcada en su penumbra mental. Sus desajustes fueron tratados por el Dr. Báez Finol, pero quien realmente estuvo cerca de Reverón durante sus horas difíciles y en el momento de su muerte fue Héctor Artiles. Mucho se ha escrito sobre ese genio de la pintura venezolana, enfoques críticos de su obra han llenado páginas pero quizás la persona más autorizada para evaluar su patografía es Artiles porque vivió más cerca su tragedia. Este libro descubre aspectos poco conocidos de Reverón”. Caracas, 22 de octubre de 1981.


    Pero en la segunda edición de Casos Clínicos, el Dr. Luis E. Fuentes Guerra, se refiere a este libro en estos términos: “La obra de Artiles atrae y convida, hasta al más profano, cuando se hojean sus páginas y se advierta, con verdadera sorpresa, la polícroma presencia del arte pictórico, expresado en cuadros de famosos pintores vernáculos: Armando Reverón, Humberto González, Bárbaro Rivas, Alberto Brandt, Luis Ordáz, Feliciano Carvallo y Alejandro Colina. Es que estos célebres artistas nuestros concurrieron como enfermos mentales a las salas hospitalarias de Instituciones Psiquiátricas donde Artiles prestaba sus servicios profesionales, especialmente en el Sanatorio San Jorge y en el Hospital Psiquiátrico de la ciudad de Caracas”. 10 de agosto de 1987. 

Bárbaro Rivas.
Autorretrato.

Feliciano Carvallo.
Sin título.














     El Dr. Artiles ingresó al Instituto San Jorge, como médico residente, en septiembre de 1947, y en 1948 ingresó al Hospital Psiquiátrico de Caracas, como adjunto. En el Instituto San Jorge, que era privado, y dirigido por el Dr. Báez Finol, el Dr. Artiles Huerta estuvo siempre muy cerca de Armando Reverón. En la casa de César Cignoni, con mucha frecuencia nos hablaba de su trato con el artista. En aquellas conversaciones, el psiquiatra nos demostraba su conocimiento acerca del arte, y eso le permitió valorar con certeza la obra de Reverón, lo que le permitió, asimismo, obtener las mayores y mejores herramientas para acercarse, como psicoterapeuta, a la personalidad clínica de Armando Reverón.
    “Reverón como hombre fue un genio, como paciente fue genial”. Nos dijo el Dr. Artiles. “Sus últimos cuadros los pintó en el Sanatorio, que estaba en la Avenida España de Catia. El pintaba cuando estaba en los momentos de mejoría”. Esto mismo lo aseguró muchas veces su médico tratante, el Dr. Báez Finol: “Reverón siempre pintó en sus monumentos de lucidez. Lo que se diga al margen, puede considerarse como una falta de conocimiento de su personalidad”: Algo parecido nos dijo en 1963 el Dr. Moisés Felmand, quien también se había interesado por estudiar la enfermedad mental del artista.

Miguel Otero Silva.

    El escritor Miguel Otero Silva, gran amigo y gran admirador de la obra del pintor, declaró en una ocasión lo siguiente: “Yo no niego los quebrantos se salud mental que le diagnosticaron los psiquiatras, pero cada vez que yo hablaba con él, su conversación era por demás lúcida y vibrante. Frente a los turistas, frente a quienes iban por simple curiosidad, Reverón utilizaba la teatralidad, exagerando todos sus movimientos y vocabularios. Esto no era más que un mecanismo de defensa de sus soledades, de no dejar invadirse, de no permitir preguntas impropias sobre su trabajo”.
    Los últimos cuadros de Reverón fueron realizados en el Sanatorio San Jorge, en Catia. Una de estas obras: El Patio del Sanatorio, se encuentra en la Galería de Arte Nacional, otras más, deben pertenecer a la hija del Dr. Báez Finol, la Dra. María José Báez Loreto. Según el psiquiatra Artiles Huerta, “días antes de morir, el artista había visitado el Museo de Bellas Artes, y luego el Nuevo Circo de Caracas, en compañía de su médico tratante, pues tenía en mente realizar una obra cuyo tema era una corrida de toros”. Reverón era amante de la fiesta brava. Allá en Macuto, en el Castillete, el pintor guardaba los cuernos de un toro, y había fabricado una montera y unas banderillas de utilería, para en algunas ocasiones ser usadas en aquellas famosas representaciones teatrales organizadas por el artista. Y cuando los integrantes del Círculo de Bellas Artes, a comienzo del siglo pasado, llevaron a cabo una novillada en el Circo Metropolitano con la finalidad de recaudar fondos en beneficio de esa agrupación artística, él único que se le arrimó al toro y dio unos buenos pases con el capote, fue Armando Reverón…


    Aquel cuadro que el artista pensaba realizar en el Nuevo Circo, no se pudo hacer, pues un día sábado del 18 de septiembre de 1954, y a las dos de la tarde, el pintor falleció a consecuencia de una hemorragia cerebral. Al día siguiente el féretro fue trasladado al Museo de Bellas Artes, donde el escultor Santiago Poletto le hizo una mascarilla a Reverón, quien un día antes, y de inmediato, hizo su entrada a la inmortalidad.

sábado, 16 de abril de 2011

ALGO MAS SOBRE ARMANDO REVERON

Napoleón Pisani Pardi

Reverón con dos de sus muñecas.

    Es realmente difícil, muy difícil, dejar de hablar de Armando Reverón, ese extraordinario personaje del arte nacional, que creó un mundo en su casa–taller a la medida de sus necesidades interiores, allá en Macuto, frente al mar, cuando él inició la construcción de su castillete “con una gran fiesta, un día domingo, donde algunos invitados: los amigos, relacionados y vecinos, el constructor Mr. Keller y sus obreros, empezaron a cavar hoyos para meter las columnas de araguaney y de vera, y fijarlas con cemento y piedras. A las 3, un descanso para almorzar con el siguiente menú: Sancocho de pescado, hallaquitas, caraotas, carne frita, guasacaca indígena, plátano frito, pescado frito, arroz blanco, tortilla, papas rellenas, pan isleño, helados, brandy, vinos, ron, ponche crema, aguardiente de caña, café y chocolates. Y en la noche fuegos artificiales y música, terminando con un paseo de luna”. Esto es una parte de la descripción que el propio Reverón hizo del levantamiento del castillete, y que fue publicado por Alfredo Boulton en su libro titulado Armando Reverón. Esto de finalizar el primer día de trabajo con fuegos artificiales y un paseo de luna, sólo se le puede ocurrir a un verdadero artista, o a un gran poeta, o a un maravilloso y espectacular ilusionista fuera de serie. Buen comienzo en la construcción de una arquitectura que tanta importancia tuvo para el arte nacional.
    Este determinante y obsesivo espacio estético, tan ajustado a una forma de existencia muy próxima a la representación teatral, ya no existe, fue destruido por la furia de las aguas a finales del siglo pasado. Hoy ese lugar sólo da tristeza y vergüenza, y reclama la atención de todas las instituciones culturales del Estado.

Lo poco que quedó del
Castillete.

El anexo del Castillete, el
cual puede ser recuperado.











     Somos muchos los que solicitamos la reconstrucción del castillete y la intervención de su espacio anexo, que está en pie, y que es salvable. Y si eso se logra, no quedaría más remedio que producir una magnífica fulguración de fuegos artificiales que luego terminaría con un poético y delicioso paseo lunar…

Autorretrato en piedra de Reverón

    Cuando en el año de 1943 muere Dolores Travieso, la madre de Reverón, él, con la ayuda de otras personas, transportó una enorme piedra desde la playa que está frente al Cementerio de La Guaira, y fue colocada en la tumba de su madre. Y luego, bajo el sol inclemente, comenzó a esculpir su autorretrato y la siguiente inscripción: Dolores T. Reverón. Recuerdo de sus hijos Armando y Juanita. Enero 2 – 1943. Alrededor de la tumba el artista colocó, también, bancos de piedra. Hace más de cuarenta años que no vamos a ese lugar. No sabemos si el deslave arrastró con todos esos elementos de piedra. No lo sabemos. Pero aquella acción del pintor–escultor, nos habla de su originalidad, cualidad constante y sobresaliente de su personalidad.

Piedra colocada por Reverón en la
tumba de su madre, Dolores Travieso.

    Las piedras, con su simbolismo ancestral, fueron de mucha importancia en gran parte de la vida del artista, como también para el psicólogo suizo Carl Gustav Jung, que en el jardín de su casa construyó un magnífico torreón. “Tuve que reproducir en la piedra mis ideas más íntimas”. Y el artista popular y arquitecto por la gracia de Dios, Juan Félix Sánchez, guiado por las potencias mágicas de estas materias, edificó, allá en Mérida, sus capillas de piedras. Como otro tanto hizo Gaudí en Barcelona, España, en el Parque Güel y otras arquitecturas más.

Reverón le pertenece al pueblo

    El pintor Eyidio Moscoso, que vivía al frente de la casa de Reverón, desde niño lo conoció y admiró y se acercó a él y a Juanita, y años después, ya adulto, empezó a escribir lo que recordaba de Reverón y de su compañera. La Fundación Museo Armando Reverón publicó esos recuerdos bajo el título de Reverón, Amigo de un Niño. De allí tomo este pequeño texto: “El conocer la obra y la existencia de Armando Reverón, levantaría en sumo grado el gentilicio de muchos venezolanos. Puesto que se sentirían emparentados con un personaje inmortal de su misma estirpe y altura social”. Este libro de Eyidio Moscoso fue publicado luego de su muerte, ocurrida el 13 de mayo de 1996, en su casa frente al castillete.
    Desde el primer momento en que Reverón y Juanita se instalan en Macuto, surgió una relación afectuosa con la comunidad. Fue decisiva la participación del vecindario en muchas de las actividades que se realizaban en la casa del artista. Albañiles, maestros de obra, costureras y modelos para sus dibujos y pinturas, estaban siempre dispuestos a colaborar con Reverón y a presenciar sus representaciones teatrales en aquel ambiente tan propicio para tales actos. El, a través de ese comportamiento particular y repetitivo, logró llevar a cabo una obra extraordinaria y única en las artes plásticas del país. El pintor encontró en aquel lugar las condiciones necesarias para realizar una obra de acorde a sus necesidades interiores.

El poeta Vicente Gerbasi

    Dentro de aquella instalación artística, Reverón recibía las visitas de sus verdaderos amigos, como Armando Planchart, Manuel Cabré, Victoriano de Los Ríos, Alfredo Boulton, Juan Liscano, Miguel Otero Silva, Margot Benacerraf, Edgar Anzola, Roberto Lucca, Mary Pérez Matos, Julián Padrón, Vicente Gerbasi, Bernardo Monsanto, Luisa Phelps, Alirio Oramas, y otros más. Pero, asimismo, fue visitado por algunos turistas extranjeros, y personas que vivían en Caracas y en otros lugares del país, que lo iban a ver por simple curiosidad, o para llevarse como “souvenir”, y a precio de ganga, una obrita del pintor, pero también nunca dejaron de ir al castillete quienes iban a divertirse con “las rarezas del loco Reverón”, pues tomaban al artista como si fuera un personaje de circo.

Tres amigos de Reverón

    Marcos Cadi, el artista popular que vivía en El Cojo, cerca de Las Quince Letras, el que hacía figuras de santos inventados, el viejo con cara de profeta, el larguirucho personaje que hablaba en parábolas, amigo de Armando Reverón, nos dijo en una oportunidad que el pintor le había confesado que Juanita era una santa, una santa que había encontrado para ayudarlo a realizar su obra, y que él, después de muchos años de vivir con ella, había comprendido la razón de aquella unión.
    “Pinto porque esa es mi vida y no puedo evitarlo”, le dijo Reverón al escritor Jean Nouel en el Centro Venezolano Americano en 1951, cuando allí se realizó una exposición de 55 obras del artista, que fue organizada en su homenaje por Elisa Elvira Zuloaga. “Yo no vendo nada”, agregó el pintor, y luego le comenzó a decir varias cosas acerca del mar, de las vegetaciones de la costa, de sus habitantes, y de cómo se prepara el carite en escabeche, y el sancocho de pescado, con plátano verde, yuca, ocumo y apio, y cuál era el mejor casabe… Así era Reverón, quien también era capaz de analizar plásticamente las obras de los artistas de vanguardia, como lo afirmó Juan Liscano:
“Me consta que entendía a cabalidad las expresiones plásticas más avanzadas de su tiempo, como pude comprobarlo en reiteradas conversaciones con él en un estudio que yo tenía, de “Piedra a Venado”, donde él solía pasar la noche cuando se quedaba en Caracas. Recuerdo una noche en que me estuvo explicando, desde un punto de vista plástico y psicológico, cuadros de Miró, Paul Klee y Tanguy. Quien lo hubiera oído hablar en aquella oportunidad, lo hubiera tomado por un pintor de esas búsquedas”. Así también era Reverón.

jueves, 7 de abril de 2011

JAMES MUDIE SPENCE

Un inglés amigo de Venezuela


Napoleón Pisani Pardi

    En la primera edición en español del libro La Tierra de Bolívar, de James Mudie Spence, el historiador Pedro Grases, quien escribió el prólogo de esta publicación, dice lo siguiente: “Sabido es que Spence causó una pequeña revolución de ideas y actos en Caracas. Elementos había para tal revolución. Spence, con el prestigio del nombre extranjero, con el espíritu de iniciativa propio de sociedades más avanzadas, fue centro de varias empresas de cultura”. Y fue así, como lo demuestra la importante exposición colectiva de dibujos, pinturas al óleo, acuarelas, grabados, fotografías, esculturas, artesanías y diversos trabajos más, que durante cuatro días fue el centro de atención en Caracas. La exhibición se llevó a cabo en el Café del Avila, situado frente a la Plaza Bolívar, y cuyo dueño era Ildefonso Meserón y Aranda, hombre sumamente apreciado por los caraqueños de aquella época, que sabían de su larga y honesta trayectoria en el oficio de la hotelería.
  

Ildefonso Meserón y
Aranda

    La muestra colectiva de arte se abrió al público el 28 de julio de 1872, bajo los auspicios de Antonio Guzmán Blanco, Presidente de la República; Ministro de Fomento, Dr. Martín J. Sanabria y de Relaciones Exteriores, Antonio Leocadio Guzmán, y del Gobernador del Distrito Federal, Dr. Jesús María Paúl. 527 obras conformaban aquella muestra que tanto estímulo le dio al arte nacional.
    Quizás tenga cierto interés el contar que el establecimiento del señor Meserón fue inaugurado cuatro meses antes de la exposición, y puesto a la venta en los primeros días del mes de enero de 1873, como así lo atestigua un anuncio que el dueño del local publicó en el diario La Opinión Nacional, el 9 de enero de 1873. Decía así:

Café y Restaurant del Avila
Se vende este establecimiento por tener
El que suscribe que atender personalmente
A la empresa del Hotel del Capitolio.
Los señores que tengan cuentas pendientes
se servirán cancelarlas a la mayor brevedad.
I. Meserón y Aranda

    Mudie Spence vino a Venezuela, como él mismo lo dice, “para mejorar mi salud, deteriorada por exceso de trabajo, y tenía también un objeto ulterior: buscar cualesquiera depósitos valiosos de minerales que pudieran existir en las islas que orlan la costa”. El inglés hizo amistad con mucha gente importante de aquellos días, entre ellas el Presidente Guzmán Blanco, Adolfo Ernst, Henrique Lisboa, Anton Goering y los hermanos Ramón y Nicanor Bolet Peraza. Con el primero de estos dos hermanos, que era pintor, hizo una especial amistad. Bolet acompañó en varias de sus excursiones a Mudie Spence, y realizó muchos dibujos y acuarelas de todos los sitios visitados en aquellos paseos, algunas de esas obras fueron expuestas en la colectiva del Café del Avila.

El pintor Ramón Bolet
Peraza


    El inglés supo valorar debidamente el talento artístico de Ramón Bolet, tanto fue así, que le brindó los medios económicos para que el venezolano pudiera viajar a Londres y visitar al pintor y critico de arte John Ruskin, quien elogió con gran entusiasmo los dibujos y pinturas que le enseñó Bolet.
    Según Pedro Grases, Mudie Spence “formó una colección de objetos de todo género, relativos al país, los cuales exhibió ulteriormente en la ciudad de Manchester”. Durante su residencia en Venezuela (1871-1872), obtuvo muchos datos de carácter histórico, geográfico, botánico, político, económico y social del país, que posteriormente relata en su interesante libro La Tierra de Bolívar que publica en Inglaterra en 1878, poco antes de morir.
    Cuando James Mudie Spence llega a La Guaira el 2 de marzo de 1871, a bordo  del buque de vapor “Cuban”, hace una descripción de varios lugares del litoral central, que a continuación incluimos en este escrito:
    “La primera impresión de La Guaira es notable, y al mismo tiempo parece demarcar la distinción entre las obras humanas y las de la naturaleza. Levantándose desde el océano están las poderosas montañas, y a su pie reposa la ciudad, pareciendo extrañamente insignificante por contraste con ellas. Mientras el ojo se detiene sobre todo el paisaje, la pequeña ciudad parece agarrarse a las rocas, como si temiera que algún movimiento súbito la arrojara al mar. Podría uno imaginar a las montañas como crueles gigantes, y a La Guaira como una lamentosa suplicante aferrada a sus pies.


La Guaira en el siglo XIX. Dibujo tomado del libro
La Tierra de Bolívar.


    La Aduana es un edificio de dos pisos, con muros lo bastante espesos y fuertes para resistir bombas o terremotos. Se han logrado algunas pretensiones de efecto arquitectónico, pero sus constructores estaban guiados ante todo por motivos utilitarios. Los cómodos almacenes, que ocupan toda la planta baja, lo hacen admirablemente adecuado para una aduana. Esta situado en una pequeña elevación sobre el muelle, y está comunicado con él por un tranvía. A todo lo largo del frente del edificio hay un toldo voladizo fijado a columnas, que hacen sus cuartos deliciosamente frescos y agradables. Como la mayoría de las casas grandes, está construido en el antiguo estilo español. En el centro hay una puerta, que da acceso al patio; en torno a él están los almacenes. Una gran escalera conduce al piso superior, que forma la residencia del Aduanero. Se ha reservado una “suite” de cuartos para uso del Presidente cuando visita el puerto. La Aduana es un lugar lleno de actividad, pues es la más importante de la República, y por las manos de su hábil personal de empleados pasa una gran cantidad de mercancía. Esta rama del servicio público ha sido grandemente mejorada desde que el actual Gobierno llegó al poder. Es la “aldea de los fabricantes de oro”, donde se fabrican los tendones de la guerra. Obtener posesión de esta Aduana ha sido el objeto de varias intentonas revolucionarias. Mucho espíritu inquieto ha visto excitada su codicia, y ha creado perturbaciones, a fin de lograr que la administración caiga en sus manos.

La Aduana de La Guaira.


    La Guaira está situada de veinte a treinta pies sobre el nivel del mar, y tiene un clima que los nativos dicen es cálido y sano. Sobre lo primero no puede haber disputa; La Guaira es ciertamente uno de los sitios más calientes de la tierra. En cuanto a su salubridad, se ha vuelto un lugar común de verano para las gentes de Caracas, que vienen allí por razones de higiene.
    Mi estada en La Guaira fue muy corta, debido a un deseo natural por llegar a la capital, a veintiuna millas de distancia. El camino carretero a Caracas es un pintoresco camino de montaña, bordeando la quebrada de Tipe. Su gran falla es que en un punto se eleva quinientos pies para descender otros tantos; mientras que un ascenso gradual continuo habría podido hacerse a menor costo. Con esa sola excepción, y unos cuantos intervalos de piso escabroso, la carretera es una magnífica obra de ingeniería, mucho mejor que las nueve décimas de las carreteras de los Estados Unidos. Era  muy refrescante y agradable, después del intenso calor de La Guaira, sentir la fresca brisa de la montaña; pero los sacudones del coche, en las partes escabrosas de la carretera, hurtaban el sumo goce de las bellezas del paisaje, que de otra manera habría disfrutado sin duda. Sin embargo el exquisito placer que ofrecía cada curva de la carretera no impidió que sintiera sumo alivio al llegar finalmente a Caracas”.


Fritz Georg Melbye, Vista de Caracas, 1852.

    El libro La Tierra de Bolívar fue traducido al idioma español por Jaime Tello, y editado por el Banco Central de Venezuela en 1965.


Publicado en la Revista del Sistema Nacional de Museos de Venezuela, número 8. Año 1. Marzo de 2012.

martes, 5 de abril de 2011

EN LOS SALONES DE ARTE: PERMANENTE IRRESPETO A LOS ARTISTAS




Parece ser que el universo de las simpatías y antipatías, el de los compromisos con el mercado del arte, el de las consonancias políticas, pachangueras, o de cualquier otra índole, influyen de manera determinante a la hora de juzgar las obras enviadas a los salones.
Napoleón Pisani Pardi


De nuevo, en el Salón del Concejo Municipal de Caracas, se vuelve a irrespetar la obra de los artistas plásticos del país.  Quisiera saber cuáles fueron los criterios utilizados por el jurado al momento de admitir, rechazar y premiar los trabajos enviados al último salón Juan Lovera.
        “Aquí hubo un desastre”, comentó una persona que trabaja en esa institución oficial. De aproximadamente 176 trabajos, se aceptaron 31, entre estos, existe un buen porcentaje de alumnos de la Escuela Armando Reverón. Dos miembros del jurado son profesores de ese centro de estudios.
        No se puede rechazar una gran cantidad de trabajos utilizando “criterios” en los que juega un papel importante una amalgama de sentimientos que enturbia la opinión de algunos participantes del jurando. Parece ser que el universo de las simpatías y antipatías, el de los compromisos con el mercado del arte, el de las consonancias políticas, pachangueras, o de cualquier otra índole, influyen de manera determinante a la hora de juzgar los trabajos enviados a los salones.
        La historia de los salones de Venezuela, está llena de marranadas inolvidables. La artista Esther Ávila, hace ya varios años, me contó el caso de Florinda Costa: “Ella llevó sus trabajos al Salón Anual de Valencia y fueron rechazados por un jurado que no los vio, pues ni siquiera los desembalaron del paquete”.
        Existen otras fórmulas parecidas pero más perversas e ingeniosas, para jorobar a los creadores de arte que estén enemistados con algunos de los organizadores de las grandes exposiciones que se llevan a cabo en el país, consiste en esconder las obras de los enemigos que osan enviar trabajos a estos eventos artísticos.
        “Como sé que esto pasa, cada vez que soy jurado pido la lista de los participantes”- decía el critico Perán Erminy.
        Cuando en una oportunidad visité al pintor Pedro Ángel González en su casa de San Bernardino, él me habló de muchas de sus experiencias en el medio artístico nacional. Me contó de su época de estudiante en la Academia de Bellas Artes de Caracas, de su interés por la gráfica, el paisaje venezolano, y habló también de varios de sus amigos pintores, algunos de ellos  representantes del grupo que el crítico Enrique Planchart denominó Escuela de Caracas. Pedro Ángel González participó como jurado  en unos cuantos salones realizados en el Museo de Bellas Artes y en otros lugares de nuestra geografía. Contó que en varias de esas oportunidades, tuvo que defender las obras que, pese a su calidad, algunos de sus compañeros en el jurado querían rechazar por estar disgustados con los autores de esos trabajos. Como se ve, esa es una vieja costumbre nacional.
        Hace tres o cuatros años, si mal no recuerdo, otro jurado, a lo Robespierre, guillotinó a la casi totalidad de quienes mandaron sus cuadros y esculturas al Juan Lovera. De manera altanera recomendó que sólo se exhibieran las obras que recibieron premios y menciones honoríficos.
        También en el Michelena, no hace mucho tiempo, pasó algo parecido. Onanismo en conjunto, pues qué otra cosa puede ser.
        Existen sentimientos de frustración que afloran en situaciones de poder. Eso podría explicar ese afán de machucar a los demás, de invalidar  sus realizaciones, de procurar herir. Hay algo en la naturaleza de quienes conforman estos jurados, que en el instante de llevar a efecto esa actividad, un proceso de violencia hace su aparición en ellos. No se le puede dar poder a los necios, pues se les da la ocasión de disfrutar el gustazo de fregar a todo el mundo.
        Quizás este artículo sólo sirva para ser comentado jocosamente en los bares de la ciudad o en cualquier  otro lugar, pues lo inteligente es quedarse quietecito, no decir nada, ya que alguna opinión podría perjudicar la venta, alejar la clientela. Mejor es no enfrentar a nadie y así evitar el pase de factura. Esa cobardía ha propiciado la perversión del medio artístico, donde se otorga un Premio Nacional de Artes Plásticas a quien nunca ha realizado una obra de arte y eso lo aplauden los antiguos “come candela”, anteriores enemigos de la persona galardonada. Y  nadie, por supuesto, se atreve a señalar tal desatino. Esta miseria humana lo explica muy bien el tango Cambalache.
        Interesa saber cómo se llevó a cabo la selección y premiación en el Juan Lovera y qué lecturas se emplearon con el fin de apreciar debidamente la calidad plástica de los trabajos enviados a este Salón. Señores, Aquí no hubo nada de eso. Un joven que presenció la “labor” del jurado, nos dijo: “Aquí pasó de todo, en menos de media hora despacharon la cosa”.
“¿Cómo se efectuó la selección?”
-le pregunté.
        “Se hizo de esta manera: este me gusta, este no me gusta, este tampoco, este me cae mal, este es alumno mío, este sí. Y mejor no le sigo contando porque va a coger una arrechera”.
        Quizás, de manera cautelosa, alguien apoye lo expresado en este artículo. Pero hasta ahí, pues se corre el riesgo ser señalado por quienes dirigen los mecanismos de poder a nivel oficial y privado. Eso lo entiendo, y, además, el miedo es libre.
        En una entrevista que le hicimos a Miguel Von Dangel, en abril de 1995 para una revista de la Cadena Capriles, afirmó: “Napoleón, el poder se vale de nuevos mercenarios cuyos nombres apenas han cambiado. La moral de esta época es la amoral y la disolución de los códigos éticos.” Asumo lo aquí dicho, como un perfecto acto suicida, pues no creo que estas líneas puedan sacudir la conducta pasiva, conformista y temerosa del artista venezolano. Sería interesante que los creadores rechazados realizaran un debate con los miembros del jurado del Salón Juan Lovera, donde estén todos los trabajos recibidos en el Museo Caracas. Podrían estar presentes, como observadores, algunas personalidades  vinculadas al medio de las artes visuales del país. Esto podría ser una gran experiencia que permitiría, sin duda, verificar lo sucedido en este último evento de arte del Concejo Municipal del Municipio Libertador.
        Que este texto sirva de homenaje a Reverón, a quien poco antes de morir le dieron el Premio Nacional de Pintura, el John Boulton y el Federico Brandt, trece años después de haberse creado el Salón Oficial Anual de Arte Venezolano, como para aliviar conciencias y Armando no se fuera “liso” para el cielo.


Artículo Publicado en la REVISTA ELITE 01 -09-98
Material gráfico: lalibreria.blogspot.com    eswikipedia.org

sábado, 26 de marzo de 2011

ARMANDO REVERON

Napoleón Pisani Pardi

Silvestre Chacón, Armando Reverón. Asociación Venezolana
de Artistas Plásticos, AVAP, Caracas.

    En 1953, trece años después de haberse creado el Salón Anual de Arte Venezolano, y poco antes de morir, se le otorga el Premio Nacional de Pintura, además de los Premios John Boulton y el Federico Brandt. Como para aliviar conciencias y Armando no se fuera “liso” para el cielo.

    El diez y nueve de Julio de 1889, el niño Armando Julio Reverón Travieso, que había nacido el 10 de mayo de ese mismo año, fue bautizado en la iglesia de la Parroquia Santa Rosalía. Fueron sus padrinos el general Raimundo Fonseca [1] y la señora Josefina Rivas de Alfonso.
    Varios años después, aquel niño se convertiría en pintor, en “un gran post-impresionista”, como lo dijo Alfredo Boulton, pero que nada le debía a quienes años antes, en el taller de Nadar, en París, se habían agrupado para exhibir sus pinturas, que tanto escándalo llegaron a producir en una colectividad todavía seducida por las realizaciones de los artistas neoclásicos.

Alfredo Boulton. Colección
de la Fundación Boulton.

    El impresionismo de Reverón es venezolano. Las formas, los colores, las luminosidades, la soltura gestual que utiliza durante todo el proceso de creación de su pintura, son invenciones suyas, como de él es su necesidad de crear una instalación que lo envuelva, lo proteja, y sea, además, un determinante y obsesivo espacio estético, tan ajustado a una forma de existencia muy próxima a la representación teatral.
    El Castillete fue el resultado de un trabajo espontáneo que se prolongó por más de veinte años. Se construyó lentamente y en armónica comunicación con el proceso creador del artista. Ese sincretismo se evidenciaba claramente al terminar de fabricar una muñeca, o cualesquiera de sus objetos imprescindibles y necesarios para ocupar un espacio en aquella instalación que crecía, que era viva, y producía la gran unidad, unidad que se multiplicaba constantemente en cada acto creador que, a favor de lo estrictamente indispensable y coherente, eliminaba lo que era artificial.
    Dentro de aquella arquitectura de piedra, allá en macuto, muy cerca del mar, Reverón llevó a cabo su extraordinario trabajo como artista plástico, que se manifestaba al ritmo de sus necesidades anímicas que lo inducían a ser algunas veces impresionista, expresionista, gestual, y a reivindicar al objeto de uso utilitario, en el acto maravilloso de convertirlo en obra de arte, como más tarde lo hicieron algunos artistas estadounidenses.

Objetos y muñecas realizados
por Armando Reverón.
Jaula con figuras de
pájaros.











Gio Ponti descubre a Reverón

    Gio Ponti [2], el gran arquitecto italiano que a comienzos de los años cincuenta visitó varias veces a Venezuela, conoció la pintura de Reverón en la casa de Armando Planchart, como él mismo lo dijo en un artículo publicado en la revista DOMUS, número 303, del mes de febrero de 1955: “Donde Armando Planchart, protector de Reverón, vi la primera pintura reveroniana; él fue mi compañero en la emocionante visita a la casa de Reverón, que yo he ilustrado en DOMUS número 296”.
    Ese texto, publicado en julio de 1954, tiene siete páginas, con excelentes fotografías de Grazziano Gasparini, y un croquis realizado por el mismo Gio Ponti, donde se puede apreciar la distribución de los diferentes espacios que existían en el Castillete de Reverón. La revista DOMUS, editada en Italia, y de gran circulación internacional, es, quizás, una de las revistas de mayor importancia dedicadas al arte y la arquitectura mundial. Así que ese artículo acerca de Reverón es, y no creo equivocarme, el más trascendental que se le hizo en vida al pintor venezolano.
  
El arquitecto italiano
Gio Ponti.

    En otro número (349) de la misma revista DOMUS, Gio Ponti declaró lo siguiente: “Déjenme decir de una vez que Diamantina viene a ser el nombre de la casa, debido al patrón en forma de diamante que cubre sus paredes, que estoy feliz de haber construido, porque La Diamantina, con su gran techo colgante, azul de la parte de abajo, es como una casa bajo un ala. Como una casa protegida por una enorme, ligera y trémula ala de mariposa. Vista desde arriba luce como sentada en un prado. Era así como la quería. Estoy feliz porque La Diamantina tiene luz y sombra, porque su arquitectura es de espacios y no de volúmenes. Estoy feliz porque con ella encontré una vía para expresarme, porque pinté sus puertas, decoré y coloreé los techos, fabriqué mi ventana decorativa y mi mobiliario, y colgué un hermoso Reverón, el pintor venezolano que tanto me gusta”.
    Ponti fue un enamorado de Venezuela, como se puede constatar a través de los diferentes artículos aparecidos en la revista que él dirigía: La casa de Villanueva. El Pabellón de Venezuela en la Bienal de Venecia. El Teatro del Este. El modelo de la Villa Planchart. El coraje de Venezuela y El Museo de Arte Moderno en Caracas, de Oscar Niemeyer, fueron algunos de los artículos publicados en DOMUS.

La Villa Planchart, Caracas.

Llegada de Reverón a La Guaira

    En 1918, Armando Reverón se hospeda en la Escuela Santos Michelena, que estaba ubicada muy cerca de la iglesia San Pedro Apóstol y allí dio clases como profesor de dibujo por un tiempo breve, pues el director del plantel, Rondón Márquez, que era su amigo, contrae la gripe española y muere. Reverón también se contagia de esa enfermedad, pero se salva gracias a una “terapia” muy particular, la cual consistía en trotar durante largo rato y luego, todo sudoroso, bañarse con agua fría… Después de aquella dramática experiencia, el pintor decide establecerse en casa de su madre Dolores Travieso, que vivía de Pilita a Mamey 101, en Caracas, acompañado por Juanita Mota, quien poco antes había conocido en unas fiestas de carnaval en Maiquetía. Ella habría de ser su compañera por el resto de su vida.
    Tres artistas, uno venezolano, Emilio Boggio, y dos extranjeros, Nicolás Ferdinandov, ruso, y Samys Mützner, rumano, tendrían cierta influencia en la obra y en el comportamiento personal de Reverón. También del español Zuloaga, tomaría esos misteriosos y maravillosos fondos que se manifiestan en “La Cueva” que es una de las obras magistrales del arte venezolano.

Nicolás Ferdinandov.
Emilio Boggio.












    Pero aquel encartamiento que le producía las obras de esos creadores, se fue diluyendo en el tiempo, de la misma manera como luego Reverón diluía todos los elementos que integran el paisaje, en aquellos espacios de sus telas donde la luz del sol encandila y destruye los contornos. Durante ese período que corresponde a su época blanca, Reverón se tapaba los oídos con gruesos tapones recubiertos de tela. Quizás, al opacar los sonidos del exterior, lograba hipersensibilizar la calidad de su visión, para así mejor explorar la vibración lumínica que sólo percibía a través del color blanco.

En algunas ocasiones, Reverón se
tapaba los oídos al disponerse a pintar.

    Eso sucedía dentro de lo que fue una fantástica instalación artística, en la que la piedra era un elemento fundamental que crecía, se alzaba, cuando se hacía necesario aislarse y proteger aquel mundo que aglutinaba pinturas, muñecas, parasoles, caballetes, máscaras, sudarios, santos, campanas, hilos de alambre, instrumentos musicales ausentes de sonoridad, pero no de poesía, estructuras de bambú, taburetes, marcos, aves, monos, abanicos, banderillas, y a Reverón y a Juanita, por supuesto.
    Al morir Reverón, aquella ingeniosa instalación perdió su encanto. Siendo niño, y en compañía de mi padre, algo de lo extraordinario de ese espacio delirante pude apreciar, cuando visitamos al pintor en su fortaleza de piedras. Años después iba con frecuencia a conversar con Juanita, a la que en una oportunidad, y con motivo de estar organizando una exposición de artistas populares del litoral central en la Biblioteca José Maria Vargas de Macuto, en 1967, la invité a participar, con unos dibujos suyos, en esa colectiva. También, en una de esas visitas, le hice una entrevista que años más tarde publiqué en la revista KENA de la Cadena Capriles. Lo que sigue, es una pequeña parte de esa entrevista: “Yo nunca había sentido una cosa tan bonita como esa noche en que conocí a Armando. El se parecía a uno de esos artistas de cine. El era muy buenmozo y muy elegante, no como se puso cuando nos mudamos para acá. Acá apenas se vestía. Eso hizo que mucha gente lo confundiera con un loco. Si señor, aquella noche a él le brillaban los ojos como dos luceros, pues no vaya a creer, yo era entonces una muchacha bonita, bonita y delgadita, no como ahora que estoy gorda y vieja. Tienes manos de virgen, me dijo Armando, y carita de ángel asustado”.

Juanita, en 1925.

El Concejal Gallegos Mancera
propone salvar el Castillete de Reverón

    Cuatro años después del fallecimiento de Reverón, el Dr. Eduardo Gallegos Mancera, integrante de la Comisión de Cultura Popular del Concejo Municipal de Caracas, junto con los concejales Alfredo Lafée y Alfredo Rodríguez Amengual, se entrevistaron con el Ministro de Obras Públicas, con la finalidad de solicitar su intervención para garantizar la conservación del Castillete de Macuto. Esa determinación de los ediles se debió a una información aparecida en la prensa nacional, donde se denunciaba el deplorable estado de la casa taller del gran artista venezolano.
    El concejal Eduardo Gallegos Mancera, miembro del Partido Comunista de Venezuela, declaró lo siguiente a la prensa acerca de esa situación: “Con anterioridad nos habíamos enterado que el MOP ejecutaba trabajos en Las Quince Letras, jurisdicción de Macuto. Estos trabajos ponían en peligro la casa del pintor, y en consecuencia, tomando en cuenta la importancia que para el patrimonio cultural del país tendría la preservación del Castillete de Macuto, los concejales propusimos al Cuerpo la intervención en el asunto. Nosotros deseamos que la vivienda del pintor sea convertida en pequeño museo que mantenga vivo el recuerdo del artista en la memoria de las generaciones venideras.

Eduardo Gallegos Mancera.

    Además de la entrevista con el Ministro de Obras Públicas, la misma Comisión de Cultura Popular tratará con el Ministro de Educación y con los familiares de Reverón, la posibilidad de instalar el museo.
    Nosotros pensamos en los materiales endebles de la casa. Sin embargo, suponemos que en caso de organizar el museo, se procederá a la refacción de los techos y paredes”. El Nacional, 31 de julio de 1958. Dieciséis años después de aquella proposición de los concejales de crear el Museo donde se mantuviera viva la memoria del artista, es que se viene a inaugurar el Museo Armando Reverón. Juanita había fallecido dos años antes de ese importante acontecimiento histórico.
    El Castillete ya no existe, fue destruido por el deslave del 16 de diciembre de 1999. A casi 12 años de esa tragedia en el Estado Vargas, todavía no se sabe qué va a pasar con el espacio donde estaba el Museo Armando Reverón.

Ruinas de lo que era la entrada al Museo Armando Reverón,
en Macuto.

La fatalidad persigue al Castillete

    “Desde el mismo instante de su creación – decíamos en un artículo publicado en el Suplemento Cultural de Ultimas Noticias, con fecha 22 de abril de 1978 –, este museo ha tenido una suerte fatal. Pareciera que los diabólicos duendes que le arrebataron la razón al antiguo habitante del Castillete, continúan rondando cada parte del mundo fabuloso que nos dejara Reverón”.
    Durante los cuatro años y medio que permaneció Alirio Oramas al frente de esta institución cultural, no encontró el apoyo suficiente del INCIBA, luego CONAC, para llevar a cabo una mejor organización y proyección de este lugar tan venerado por todos los reveronianos del país. Como si esto no fuera suficiente, un incendio, sucedido el 31 de diciembre de 1977, destruyó una gran parte del Castillete. El fuego, la desidia, la burocracia y la demagogia, fueron, y siguen siendo, enemigos del viejo maestro de la luz. Como también lo fueron los bribones que no le cancelaron las pinturas que se llevaban bajo la promesa de pagarlas “otro día”. Y otros más que lo iban a visitar los fines de semana, para verlo como si él fuera un personaje de circo.
    “Una respetable autoridad”. Así llamó a Reverón el crítico francés Gastón Diehl, quien conoció la obra del pintor al poco tiempo de llegar al país. Diehl vivió varios años en Venezuela, y fue él quien motivó a Margot Benacerraf para que le hiciera una película documental a Reverón en 1951.

Gastón Diehl.
Margot Benacerraf.












    En vida de Reverón se le hicieron tres documentales, sus autores fueron Roberto Lucca, Edgar Anzola y Margot Benacerraf. También se escribieron una gran cantidad de artículos de prensa sobre él, y Alfredo Boulton, Victoriano de Los Rios, Grazziano Gasparini, Ricardo Razetti, y otros más, le tomaron excelentes fotografías. Todo esto demuestra que existía una certera valoración de su obra por parte del sector cultural ¿Entonces por qué se esperó tanto tiempo para darle el Premio Nacional de Pintura?
    En 1940 se crea el Salón Oficial Anual de Arte Venezolano, en aquella ocasión Marcos Castillo y Francisco Narváez, obtienen, merecidamente, no hay duda, los primeros premios de pintura y escultura, respectivamente. En 1953, trece años después de esa ocasión, y poco antes de morir, se le otorga a Reverón el Premio nacional de Pintura, además de los Premios John Boulton y el Federico Brandt. Como para aliviar conciencias y Armando no se fuera “liso” para el cielo.

Armando Reverón, Desnudo Acostado.

    Algunos coleccionistas y el mercado del arte, quizás, se pusieron las pilas e influyeron para darle estos tres premios al pintor poco antes de morir, y de esta manera valorar, en términos monetarios, una obra que desde hacía ya muchos años, tenía un inmenso valor artístico, y que no necesitaba ser validada a través de un premio otorgado, de manera tardía, en un Salón de Arte Nacional.
    Armando Reverón murió el 18 de septiembre de 1954, y las exequias se llevaron a cabo al día siguiente en el Museo de Bellas Artes de Caracas. En aquella ocasión, el periodista Manuel Trujillo, del diario Ultimas Noticias, realizó un reportaje sobre aquel triste acontecimiento, que fue publicado el día lunes 20 de septiembre en el diario ya mencionado. El periodista entrevistó a varios amigos de Reverón que se encontraban en los funerales del artista, los cuales declararon lo siguiente: Gastón Diehl: “Reverón constituye no sólo un gran pintor nacional, sino una de las grandes figuras de la América del Sur. Sugiero abrir una suscripción en gran escala para convertir la casa de Reverón en un Museo”. Marcos Castillo: “Opino que deben convertir en un pequeño Museo al igual que hicieron con la casa del Greco en Toledo. Quiero añadir que Juanita ha sido una admirable y abnegada compañera de Reverón”. Héctor Poleo: “Muy difícil expresar con palabras la magnitud de la obra de Reverón”. Carlos Otero, Director para entonces del Museo de Bellas Artes de Caracas: “Como pintor considero a Reverón uno de los más sinceros, y como hombre con un corazón muy noble. Yo fui compañero de Reverón desde sus inicios en la pintura. Desde joven Reverón dio muestras de ser muy sensible, nervioso, agitado. Tenía sus alzas y sus bajas en ese sentido. Luego se fue a Macuto y construyó su casa encerrándose en ella”.

El cortejo fúnebre sale del Museo de Bellas Artes,
hacia el Cementerio General del Sur.
19 de septiembre de 1954.

    Manuel Trujillo terminó su reportaje diciendo esto: “A las cuatro de la tarde en punto, acompañado de sus compañeros pintores y de numero público, el cadáver de Reverón fue conducido a su tumba. Detrás, rodeada de damas, iba Juanita mirando el féretro del gran pintor con el cual compartió la mayor parte de su existencia. Juanita se quedaba sola”.

    [1] El general Raimundo Fonseca (1844 – 1921) fue candidato a la Presidencia de la República, en las elecciones de 1889, que fueron ganadas por Raimundo Andueza Palacios. También fue el primero en conducir un automóvil desde La Guaira a Caracas, el 4 de febrero de 1912, por la llamada carretera nueva, mandada a construir por el Presidente Carlos Soublette. Raimundo Fonseca era dueño de tres grandes haciendas de cacao en la costa de Ocumare: Hacienda La Fundación, Hacienda Pueblo Nuevo y Hacienda Las Monjas. Esta última se llamaba así, pues había pertenecido a las Reverendas Monjas Concepciones de Caracas. Este general fue, asimismo, una de las primeras personas en construir una casa en El Paraíso, a prueba de temblores, luego del terremoto de 1900.
    En El Cojo Ilustrado N° 226, del 15 de mayo de 1901, aparece un artículo, ilustrado con fotografías, acerca de las casas, a prueba de temblores, que el Dr. Alberto Smith estaba construyendo en El Paraíso. Una de esas casas era del señor Carlos Zuloaga, que fue destruida por un rayo en la madrugada del 10 de septiembre de 1908. “El arte nacional sufrió grandes pérdidas en esta catástrofe – dice una nota publicada el 15 de septiembre de 1908 en El Cojo Ilustrado N° 402 –. El señor Zuloaga poseía en su galería de pinturas y telas notables de Cristóbal Rojas,… de Arturo Michelena,… de Tovar y Tovar, de Herrera Toro, de Mauri, etc., y de muchos artistas extranjeros”. Una de las personas entrevistadas por Ignacia Fombona de Certad, que aparece en su libro Armando Zuloaga Blanco, Voces de una Caracas patricia, dice lo siguiente: “¡Ah! mira, mi mamá siempre nos contaba que el incendio de la casa del Paraíso, de su papá, Carlos Zuloaga, había sido una tragedia, no solamente para ellos, sino para el arte en Venezuela, porque Carlos Zuloaga era un mecenas… El techo del salón era una obra de arte, porque Martín Tovar y Tovar había hecho el boceto del techo del Salón Elíptico en el salón de esa casa, La Batalla de Carabobo, era el boceto del techo de la casa”.
    [2] Gio Ponti nació en Milán el 18 de noviembre de 1891. Se graduó en 1921. En 1928 funda la Revista DOMUS, y luego la Revista Stile, una publicación parecida en contenido a DOMUS. Algunas de sus realizaciones son: La Torre Pirelli y el Palacio Montecatine, ambas en Milán, en caracas llevó a cabo tres proyectos para viviendas particulares, una en el Country Club, para la familia Arreaza, que Ponti llamó La Diamantina, que hace varios años fue derribada, y La Villa Planchart, 1957, situada en la Urbanización Colinas de San Román. La tercera casa no vale la pena mencionarla con detalles, pues ha sido intervenida en diferentes ocasiones, por lo tanto perdió, afirmamos, la autenticidad de su diseño original. Es decir, ya dejó de ser una obra arquitectónica que ejemplarice las realizaciones tan personales de Gio Ponti.
    En el año 2007 vino a Caracas el cineasta Rubino Rubini, con la finalidad de hacer un documental sobre La Villa Planchart, donde incluiría las historias poco conocidas acerca de la construcción de la casa, así como los detalles de diseño y el valor artesanal que existe en cada rincón de esa arquitectura.
    Gio Ponti murió en Italia, el 18 de septiembre de 1979.

FOTOS ANEXAS

Un aspecto del Castillete de Reverón.

Reverón a los
21 años.
Foto tomada al artista,
pocos días antes de morir.